Donde manda abuela no manda marinuero.

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El pasado domingo se celebró el Día del Abuelo. Para celebrarlo compartimos con vosotros el capítulo de nuestro libro “Padres no ñoños” dedicado a las abuelas. Esperamos que os guste.

23 Aug 2014 --- Cropped close up of senior woman, son and grandson hands touching in park --- Image by © Kathleen Finlay/Corbis
23 Aug 2014 — Cropped close up of senior woman, son and grandson hands touching in park — Image by © Kathleen Finlay/Corbis

– DONDE MANDA ABUELA NO MANDA MARINUERO –
El de las abuelas es un tema delicado. Quizá hubiera sido más prudente obviarlo, hacerme el longuis, dejarlo de lado como si se me hubiesen olvidado o como si no tuviesen nada que ver con lo que estamos hablando .

Pero hacer un manual sobre ñoñería sin darles el papel que se merecen sería un acto de cobardía imperdonable, así que por una cuestión de responsabilidad y compromiso con vosotros, los lectores, aquí van unas palabras dedicadas a ellas, las abuelas .

Por lo general, la ñoñería de las abuelas con los nietos es la sublimación de todas las ñoñerías. El súmmum, el no va más. La crème de la crème. Si la ñoñería fuese una disciplina académica, las abuelas serían las decanas, darían charlas, impartirían clases magistrales, escribirían libros, manuales, tesis, publicarían artículos en las más reputadas revistas cursis, etcétera.

¿Y de dónde viene tal nivel de especialización? ¿A qué se debe esta capacidad para superar todos los registros?

La explicación fundamental es que ellas no son ñoñas por dejadez o desconocimiento. Al contrario de lo que nos ocurre al resto, que caemos en la ñoñería de manera inconsciente y sin darnos verdadera cuenta del ridículo que llegamos a hacer, las abuelas sí saben lo que están haciendo y manejan la ñoñería a su antojo. Es una cursilería voluntaria y sobreactuada. Las abuelas son ñoñas porque les da la gana y punto. ¿Por qué?

Para empezar, porque están de vuelta de todo. Y si les apetece hacer muecas, pucheritos y hablar en falsete, lo hacen, ¡¿pasa algo?! Ellas no tienen que aparentar ni demostrar nada a nadie.

Es también probable que esta actitud de las abuelas sea en el fondo una retorcida forma de venganza hacia los padres del crío por las veces que les tuvieron que limpiar el culo o por las noches sin dormir que les proporcionó alguno de los progenitores del nieto. Puede que ellas vean en los nietos los aliados perfectos para consumar su vendetta e imponer un salomónico «donde las dan, las toman».

Esto también explicaría que algunas abuelas se empeñen en desobedecer sistemáticamente las normas que imponen los padres: rompen las reglas, cambian los hábitos, alteran costumbres. Una tarde con los abuelos y el nieto vuelve asilvestrado, indomable y ufano por la seguridad que le otorga hacer lo que le da la gana con la aquiescencia de alguien que él sabe que pertenece a una jerarquía superior a la de sus padres.

Luego, cuando los padres tratamos de reconducir conductas, si el bebé hablase les diría:

– Pues la abuela me deja,y tienes que hacerle caso porque es tu madre.

Y si en vez de bebé ya es niño parlante, dirá:

– Pues la abuela me deja y tienes que hacerle caso porque es tu madre.

Todo esto es una teoría, por supuesto sin demostrar, pero una teoría en la que el exceso de amaneramiento de las abuelas cumpliría la función de encubrir sus verdaderas intenciones. Ciertamente elegante, ciertamente sutil… ¿ciertamente cierto? Quién sabe.

A veces, esta situación puede llegar a resultar un poco cansina para el nieto, pero a sus abuelas les permiten eso y más. Ellas, en compensación, hablarán de él mejor que nadie para el resto de sus vidas.

Valga o no esta teoría, y sea lo que sea lo que moti- va a algunas abuelas a ser tan exageradas, la pregunta es: ¿qué se puede hacer?, ¿cómo luchar contra ello? Y la respuesta es: nada.

Las abuelas juegan con ventaja. Con mucha ventaja.

Tratar de contener a una abuela es difícil porque, para empezar, tiene un cincuenta por ciento de posibi- lidades de ser tu madre… y otro cincuenta por ciento de posibilidades de ser tu suegra, así que no te queda más remedio que callarte. Fin.

(Quizá alguien eche de menos a los abuelos, pero por una vez en la vida voy a utilizar el género femenino como genérico y que este texto sirva indistintamente para los dos . Es una licencia gramatical que ellas se merecen).

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